Confieso que guardo un recuerdo vago de este rincón peninsular; ha pasado ya más de una década. Lo voy a definir como 'otro' Algarve, por la singularidad del paraje donde estuve acampando, ajeno al bombardeo urbanístico y al bullicio de turistas de la costa. Monchique es el pueblo más próximo al bosque donde nos instalamos. Me llamó gratamente la atención una de sus calles periféricas, en pendiente, una pescadería muy humilde compuesta únicamente por un diminuto local alicatado y un simple mostrador de piedra; la dependienta era una señora de pelo cenizo escondido bajo un pañuelo, un mandil claro contrastaba con el riguroso luto. Enfrente, un despacho de pan invitaba a comprar alguna pieza recién hecha. Del otro lado, hacia abajo, la pendiente desembocaba en una coqueta plaza donde presidía un café el juego incansable de las palomas, que se tomaban la libertad de posarse sobre las mesas y merodear peligrosamente en torno a los pies de la clientela. Doy fe de sus vuelos caprichosos mientras saboreaba el desayuno. Poco después, mis pasos me llevaron hasta la oficina de correos. Un diminuto local rectangular cuyo mostrador se extendía de una pared a otra; es curioso, porque me sorprendió la entrada, un portalón viejo y de gran altura... Allí estuve varios minutos anotando palabras en una postal. Por aquel entonces, la correspondencia era uno de mis hobbies favoritos aparte de la literatura.
1 comentario:
Ains, Portugal... Qué infravalorada está como destino turístico y culinario...
Publicar un comentario