A estas alturas, la memoria se esfuerza por sacar a flote recuerdos de aquella aventura inolvidable e irrepetible: ¿fruto de la nostalgia? ¿Reclamo del Camino? Sensación difícil de explicar a quien no ha vivido esta experiencia.
Era la tercera jornada del Camino, sí. Recién levantado el sol reemprendimos la marcha, dejábamos atrás Rabanal, una cena que pareció más suculenta por el apetito que por lo que tomamos y la huella fría en la espalda del suelo donde dormimos. Julio no despierta de igual calor, la brisa matinal te mantiene despierto hasta que el sol te fustiga a mediodía, pegajoso y sofocante. Entre medias, horas de sendear montañas, cortafuegos y dejar deambular la vista por el horizonte; tan lejos, tan cerca de uno mismo en plena naturaleza. Puerto de montaña, monte Irago: La Cruz de Ferro. Infinitas historias resumidas en una inmensa peana de cantos al pie de un crucero de cinco metro de altura. Al este, Foncebadón, pueblo medieval, de huella desahuciada por la historia de los hombres, al borde de la desaparición; cuando lo atravesé, apenas existía trazado de calles, más bien maleza y peñas acá y allá. Y el único vestigio era una casona de piedra habitada por una señora, con pinta de vaquera, y los ladridos pulgosos de un perro... Por suerte, los años y la voluntad de los hombres del Camino le han devuelto cierto esplendor. Me llegan ecos de que han restaurado un antiguo convento; se ha levantado un albergue de peregrinos y hasta existe un restaurante... Al oeste, la entrada al valle del Bierzo. El viento silba fresco y se respira la quietud del paraje.
1 comentario:
Hombre, ya días sin publicar, me alegro que lo retomes. Me ha encantado esta pequeña crónica del Camino de Santiago, la verdad es que podrías dedicarle unos cuantos de capítulos.
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