Hay respuestas que provocan vértigo en cuanto se cierra un interrogante y rostros en los que necesitamos encontrar la luz que nos aclare la confusión. En ocasiones, quien menos lo merece se convierte en blanco de nuestras iras más espontáneas, del pretexto de unas emociones que bullen como el sudor por los poros... y en la conciencia, más tarde que temprano, uno cae en la cuenta de que no debió ser tan duro oralmente. Pero otras veces el ánimo se desvanece como cualquier tarde de domingo; unas veces nublada, otras soleada y con una invitación a pasar página a una semana nueva... Mientras, fingimos que no hay tregua y creemos estar convencidos del final, de un cambio. Porque, en el fondo, eso es a lo que menos está acostumbrado uno, quizás más por pereza que por cobardía. Y tal vez sea la carencia o la lección que uno nunca termina de aprender para seguir contando: nos puede más la pasión por estrechar con fuerza el tallo de una rosa que, simplemente, admirar su belleza y apreciar su aroma.
1 comentario:
Te doy toda la razón de mundo.
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