En la ciudad que nunca duerme, las calles rotan incesantes como puentes levadizos y su chirrido resuena horizontal y oscuro; el gentío bulle con su toque de queda alcoholizado en las plazas y los parques. Las ventanas jadean, se estremecen, dejan escapar pesados sueños; algunas parpadean tenues de angustia, soledad y maltrato. Otras, se ofrecen por renta baja, persianas para la resaca y retretes claustrofóbicos. De las cornisas más antiguas, cuelgan seculares estandartes de insomnio, miradas de espíritus bohemios que gozan contemplando los latidos urbanos, alma de lobos solitarios enfermos de nostalgia...
1 comentario:
Me encanta. Un besazo.
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