Como era costumbre a media mañana, el vestíbulo del sanatorio se encontraba inhóspito. La tímida luz del día penetraba por los visillos de los ventanales y se proyectaba de manera concienzuda sobre la pequeña mesa donde reposa a diario la prensa. Así eran las instrucciones designadas por el doctor Fäbern, psiquiatra jefe, al personal del centro. Todo colocado en su sitio, sin sobresaltos, manteniendo la armonía y el ritmo pausado y calmo de la gente de las montañas. Tal vez esto no deja de asombrar aún a los pacientes: la serenidad del clima, templado que fortalece sanamente el espíritu, dotándolo de una paz especial, contemplativa hacia todos los ámbitos cotidianos: el aseo, las horas de reposo en la terraza con los ojos cerrados, las conferencias eventuales del personal médico y, sobre todo, las cenas y los paseos por el bosque cercano a las instalaciones. Sin embargo, este carácter afable y distendido parece disiparse conforme uno se aleja de la montaña; la guerra seguía haciendo estragos, a pesar de haber acabado hace unos meses. En la región flotaba una atmósfera de incertidumbre por las secuelas del desastre provocado por el ejército de los aliados: Emsland, Diepholz, Nienburg Wesser, Vechta, Osnabrück y un largo etcétera de distritos rurales y ciudades...
Hermann está de visita, viene para pasar dos semanas con su primo Thomas, que está ingresado por prescripción del doctor de la familia. De visita... al menos utiliza esa respuesta con cada persona que lo interroga cuando se encuentran por los pasillos del edificio; con más frecuencia, las enfermeras y alguna que otra paciente de aspecto desaliñado y febril lo inquieren con la mirada, desconfiando. Lleva poco aquí, pero ya ha tenido tiempo de rastrear con la mirada pequeños detalles sobre el funcionamiento de la institución; a las diez y cuarenta y cinco se apeó del tren en la coqueta estación del pueblo y Thomas ya lo esperaba con cierta expectación bajo las solapas anchas de su abrigo y una bufanda a cuadros. -¡Ya estás aquí! Hace unos veinticinco minutos que te espero en el andén-, insinúa con entusiasmo al tiempo que se apresura a tomar el equipaje de Hermann, modesto y proporcionado. Thomas lo agradece, pues su estado de salud se resiente mientras asciende con la carga hasta lo más alto de la montaña, sobresalta sus pulmones y le provoca una tos seca e intermitente.
Tras la dura caminata hacia el sanatorio, Hermann ya aguarda en la habitación numerada que le han asignado; han pasado unos noventa y cinco minutos desde su llegada. Una vez recuperado del esfuerzo, Thomas llama a la puerta, aseado y con el pulso más calmado, entra silencioso. ¡Querido primo, te encantará conocer al doctor Fäbern!, es el psiquiatra jefe del centro; pero, por encima de su condición profesional, es un hombre especial. Ya verás cómo te agradará conocerlo. En el fondo, Thomas no padece ninguna patología psíquica, simplemente sus pulmones se fatigan con facilidad desde hace unos años y ese es el motivo de su internamiento en este centro de reposo. Su neumólogo, el doctor Bernhof, lo ve un par de veces por semana en su consulta, siempre a la misma hora: once y treinta y cinco de la mañana. El pronóstico de Thomas sigue siendo ambiguo: dentro de lo previsto, acorde a la evolución de su dolencia, según el doctor.
En breve, los dos jóvenes salen al pasillo y se dirigen al comedor, donde se reunirán con el grueso de pacientes en torno a seis mesas rectangulares. El silencio impera en la estancia, una sala más larga que ancha con tres ventanales similares a los del vestíbulo, sólo que en lugar de estar orientados al este, lo están hacia el punto opuesto. Tanto el personal sanitario como el equipo médico se apresuran siempre a comentar dicho detalle a los pacientes recién llegados; a Hermann le resulta curioso. Ahora que está sentado degustando su primer almuerzo, cae en la cuenta del comentario y contempla distraído la maravillosa vista que ofrece el comedor. Fuera, se extiende un frondoso valle que desciende hasta la periferia del bosque. Casi todas las tardes, el leve rumor de la rivera sirve de melodía anestésica durante la sesión de reposo. Después, el ocio preestablecido se interrumpe con el espontáneo y breve interrogatorio del doctor Fäbern a cada paciente. Las partidas de ajedrez o de bridge dejan paso a las preguntas tópicas: ¿Cómo se encuentra hoy, Frau Mylendok... Signore Mirabili, come vai...? Monsieur Foirest... Madame LeRoy... Mister Grant... joven Thomas...? Todo transcurre habitualmente y sin magia, la tarde enfría cada rincón del sanatorio; los pacientes comienzan a peregrinar, nuevamente aseados, hacia el comedor para probar la cena. Un tímido murmullo concluye con el postre y los pasos de vuelta a las habitaciones. Después, noche y silencio gélido.
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