A Dietrich.
El azar ha hecho que me acuerde hoy especialmente de esta singular historia, A Flor Máis Grande do Mundo. El motivo importa poco, pero me ha hecho reflexionar durante unos minutos sobre el hombre y su evolución filosófica, conductual, su manera de reivindicar los valores más esenciales, éticos... Cuando somos niños, la inocencia y la capacidad de asombro son dos de las facultades más tiernas y humanas que no deberíamos perder al ‘desterrarnos’, supuestamente, a la conquista de hacerse adultos. Uno se olvida a menudo de lo insignificante y diminuto que puede llegar a sentirse regresando a la infancia o tal vez no; en ese caso, mi más sentida admiración para los aludidos. La flor más grande se conjuga subjuntiva, cópula de una hipérbole. Para cualquiera de nosotros que se atreva a reescribir el cuento, una vez que conozca la simiente de esta entrañable historia, Saramago -in memoriam (meam)- brinda la posibilidad de alentar este eco utópico y dar un soplo de ilusión a cada espíritu:
Érase una vez una resplandeciente mañana de sol, con un escarabajo pelotero empujando su pesada bola de excremento; y érase otra vez la lente de la lupa de un simpático anciano que lo observa y anota en un pequeño cuaderno una clasificación, tal vez... interrumpida por el motor de un coche que pasa a su lado. Pausado, el anciano se ajusta las gafas y contempla cómo el vehículo se detiene al pie de una colina. Un hombre sale del interior con una azada y sube a la cima, donde asoma un arbolito, al cual lo acompaña una tímida flor de pétalos amarillos. Mientras comienza a cavar alrededor del árbol, un niño de pelo rubio sale del coche y descubre al escarabajo; el tedio se desvanece rápidamente de su interior. La mañana transcurre sin demasiados sobresaltos, sin embargo, el anciano es el único testigo de dos acontecimientos sincrónicos y casi de la misma naturaleza: La sombra de una de las manos del niño se cierne, llena de curiosidad, sobre el indefenso insecto y el hombre arranca de la tierra el arbolito, casi sin raíces.
Al concluir la faena, el hombre desciende por la colina hasta el vehículo; guarda en la parte trasera la herramienta y el árbol. Saluda al anciano, que le responde levantando la mano también. Mientras tanto, el niño deposita en una caja de cartón al escarabajo, que ni haciéndose el muerto, logra salvarse. Una tapa agujereada es su único indulto en ese instante.
Poco a poco, el vehículo se aleja del paraje: una senda, colinas y monte de trigo dorado... El hombre sigue conduciendo, ahora por una recién construida urbanización de casas adosadas. Detiene el coche en la última y se dirige con el niño a la parte de atrás de la vivienda. Allí una mujer en bermudas ojea un folleto publicitario sobre muebles; apenas presta atención al botín del pequeño, pues sólo ve una caja de cartón con la tapa agujereada. Y la fatalidad conspira contra el niño; en un descuido, ha abierto levemente la caja y el insecto aprovecha para escapar volando... Desesperado, el niño se apresura hacia la tapia que delimita la casa; los adultos permanecen inmerso en su dialéctica diaria. Más abajo, PELIGRO, NO PASAR reza en el paisaje más cercano e inhóspito de un solar en obras. Pero el niño, bien porque aún no sabe leer, bien porque su entendimiento no atiende aún a razones o prohibiciones que coarten su libertad, salta y atraviesa el solar. Camina y camina hasta llegar a un arroyo, bordea un poco la orilla y localiza al que era su prisionero minutos antes, entretenido en otra nueva bola de excremento. Por segunda vez, el escarabajo extiende sus alas y escapa; sobrevuela el lánguido cauce y se pierde entre la espesura vegetal que hay al otro lado. El niño corre tras él, sin mucho afán; se detiene ante un árbol que hay atravesado en el arroyo... De pronto cae en la cuenta de que algo no va bien, que hay demasiado contraste: a un lado, naturaleza virgen, fresca; al otro, su orilla, un escenario baldío creado por la mano del hombre. Sonríe y cruza adentrándose en el bosque más hermoso que jamás hubiera imaginado, donde el sol parece que te invita a que levantes la mirada para que adviertas su cálida presencia. Y nuevamente la curiosidad del niño hace que su destino se cruce con el del insecto, que ya lo ha visto y se protege con una hoja de árbol que ha caído al suelo. Sin embargo, el encanto tan bucólico del paisaje hace al niño olvidarse de la caza y la corteza de un frondoso árbol llama su atención, tanto que lo acaricia unos segundos y se olvida del escarabajo. Sigue caminando, conquistando con la mirada toda la hermosura que crece a su alrededor. Ahora admira una pradera de flores blancas; el vuelo de una mariposa lo embelesa haciéndole correr tras ella... Y aprende la lección más cruel y repentina: 'lo terrible se aprende enseguida...' Por eso, el bosque se extingue, marcado por el vuelo de esta mariposa y corroborado en los ojos del niño, que enseguida descubre que el oasis donde estaba limita al otro lado con el paraje de colinas y monte de trigo dorado. Entonces, la mariposa desaparece y el horizonte ondea levemente sobre los pies del pequeño, que se detiene poco a poco a observar. Descubre frente a sí la colina donde el hombre arrancó el árbol con la azada y decide escalar hasta lo más alto. Ahora la colina alberga el hueco del árbol y la flor que había a su lado, mustia y triste... El niño se da cuenta enseguida del motivo y corre hacia el arroyo, atraviesa el bosque, se topa con el escarabajo que se cae de espaldas al verlo; toma un poco de agua entre sus manos y regresa rápidamente rociándola a los pies de la flor. Esta, al notar el suelo húmedo, alza levemente el tallo. Pero el niño sabe que eso no es suficiente y vuelve corriendo a por más agua. Esta vez la planta comienza a crecer y crecer con los pétalos mirando hacia el sol; la magia natural obra su milagro y el niño apenas da crédito a sus ojos. La sombra de la flor se extiende por casi toda la colina. La tarde va cayendo y los párpados del niño también; bosteza cansado y se deja reposar a los pies de la colina. Llena de gratitud por el gesto del pequeño, la flor deja caer uno de sus pétalos para abrigarlo.
Mientras en el jardín de la casa, el arbolito se encuentra ahora en un tiesto. Uno de los adultos comienzan a echar en falta al niño, la mujer. Advierte enseguida una pequeña escalera vertical frente a la tapia y la caja donde estaba el escarabajo tirada en el suelo. Angustiada se asoma y algo grandioso llama su atención en el horizonte. Minutos después, los dos adultos atraviesan el bosque, se detienen al otro lado, cerca del paraje de colinas y el monte de trigo. La mujer se adelanta unos pasos y descubre al niño dormido, abrigado con el enorme pétalo. El pequeño se despierta en ese instante y corre a abrazarla. El hombre se aproxima a ellos y juntos contemplan la Flor Más Grande del Mundo. Y es tal la magnitud de este asombro que todos se asoman a ver el maravilloso descubrimiento; incluso el anciano, que se dirige hacia el gentío. En el horizonte, el sol se recorta entre las colinas y la esplendorosa flor...
Al día siguiente, la pareja y el niño pasean por el bosque y se cruzan con el escarabajo, empujando otra vez una bola de excremento; pero esta vez el insecto se queda atónito al ver que el niño lo saluda con la mano mientras se aleja.
"¿Y si las historias para niños fueran de lectura obligatoria para los adultos? ¿Seríamos realmente capaces de aprender lo que, desde hace tanto tiempo, venimos enseñando?"
Precisamente por eso, debiéramos tenerlo presente en muchas ocasiones, aunque queramos nombrarlo como una ILUSIÓN. Porque no hay mayor valentía que la INOCENCIA ni pureza que la SENCILLEZ.
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