Hoy el día se me vino encima de cansancio, la jornada realmente fue maratoniana. Salimos bien temprano, apenas se vislumbraban los primeros rayos de sol estivales y era la quinta jornada caminando. -Dicen que no hay quinto malo-, pero la etapa resultó ser un desafío físico: por delante, 35 kilómetros, paso tras paso: de Ponferrada a Vega de Valcarce... Y a la postre, también se convirtió en la más larga de cuantas recorrimos.
Como decía, madrugamos nuestros pasos dejando atrás, poco a poco, la meseta leonesa, Ponferrada y el rumor del Sil sobre la mismísima colina donde se alza su majestuoso castillo, monumento de espíritu mutable, pues en un primer episodio fue castro prerromano, luego ciudadela romana reconstruida y fortificada en la alta Edad Media, más tarde donativo de los monarcas leoneses a la Orden del Temple, cuyos caballeros tenían la noble misión de socorrer a los peregrinos que pasaran por el territorio...
Columbrianos, Fuentesnuevas, Camponaraya, Carracedo, Cacabelos... municipios de paso, cada uno con su encanto: arte sacro, románico y monasterios salpicados aquí y allá. Por nuestra senda, frondosos viñedos anunciaban que estábamos próximos a Villafranca del Bierzo; de nuevo otro castillo nos sorprendía en el camino, este medieval, imponente pero con menor trayectoria histórica. Muy cerca, parada y fonda; el esfuerzo debíamos recompensarlo copiosamente. Tras una cordial bienvenida, el singular anfitrión del albergue, un hombre afable y de gran hospitalidad, nos ofrecía un almuerzo a la altura de las circunstancias, digno pero sin ostentaciones. El descanso nos pareció breve, pero teníamos que proseguir, aún nos faltaba un tercio para finalizar la etapa. Sin embargo, este tramo me decepcionó profundamente, la tarde se iba apagando y nuestro horizonte más próximo se había convertido en una línea gris de asfalto y estruendo de camiones pasando a gran velocidad. Derrengados, dimos por concluida la jornada en el albergue de Vega de Valcarce.