sábado, 3 de julio de 2010

Jornadas de a pie. (II)

Hoy el día se me vino encima de cansancio, la jornada realmente fue maratoniana. Salimos bien temprano, apenas se vislumbraban los primeros rayos de sol estivales y era la quinta jornada caminando. -Dicen que no hay quinto malo-, pero la etapa resultó ser un desafío físico: por delante, 35 kilómetros, paso tras paso: de Ponferrada a Vega de Valcarce... Y a la postre, también se convirtió en la más larga de cuantas recorrimos.
Como decía, madrugamos nuestros pasos dejando atrás, poco a poco, la meseta leonesa, Ponferrada y el rumor del Sil sobre la mismísima colina donde se alza su majestuoso castillo, monumento de espíritu mutable, pues en un primer episodio fue castro prerromano, luego ciudadela romana reconstruida y fortificada en la alta Edad Media, más tarde donativo de los monarcas leoneses a la Orden del Temple, cuyos caballeros tenían la noble misión de socorrer a los peregrinos que pasaran por el territorio...
Columbrianos, Fuentesnuevas, Camponaraya, Carracedo, Cacabelos... municipios de paso, cada uno con su encanto: arte sacro, románico y monasterios salpicados aquí y allá. Por nuestra senda, frondosos viñedos anunciaban que estábamos próximos a Villafranca del Bierzo; de nuevo otro castillo nos sorprendía en el camino, este medieval, imponente pero con menor trayectoria histórica. Muy cerca, parada y fonda; el esfuerzo debíamos recompensarlo copiosamente. Tras una cordial bienvenida, el singular anfitrión del albergue, un hombre afable y de gran hospitalidad, nos ofrecía un almuerzo a la altura de las circunstancias, digno pero sin ostentaciones. El descanso nos pareció breve, pero teníamos que proseguir, aún nos faltaba un tercio para finalizar la etapa. Sin embargo, este tramo me decepcionó profundamente, la tarde se iba apagando y nuestro horizonte más próximo se había convertido en una línea gris de asfalto y estruendo de camiones pasando a gran velocidad. Derrengados, dimos por concluida la jornada en el albergue de Vega de Valcarce.

lunes, 28 de junio de 2010

Jornadas de a pie. Efemérides.

El hombre, como ser errante a lo largo de su existencia, a menudo se afana por conservar ciertos instantes que la memoria, caprichosa, intenta dotar fugazmente en las experiencias como trascendentes.
Me levanté sin la costumbre de otros días, monótonos y mecánicos. Había tomado la determinación de hacer balance de los pasos recorridos, citar en forma de caricia el sueño de esa noche. Quería rescatar de mi mente a ella, esa noche femenina y susurrante, galega. -Una extraña y confortable felicidad asoma a mis labios, torpe y cándida, cada vez que recuerdo que fui testigo de esto que escribo; en ese tiempo en que la memoria juega a conformarse de melancolías y anhelos que, con los años, se desvanece como fuegos de artificio, fugaces...- Crepitaba el suelo noble y viejo de madera con nuestros pasos en aquel apartamento que afortunadamente nos invitó a entrar; ya otros pasos nos habían conducido a Santiago. Y tropezaban, de tanto en tanto, las miradas mientras completábamos el ceremonial funesto del equipaje, que dejaba de ser cotidiano pero bien cargado de vivencias en el momento de la partida. Yo, entonces, miraba absorto las paredes, el colchón y una manta oscura a cuadros. Esa calidez y confort que da un hogar volvíamos a recuperarlas después de casi dos semanas de Camino y dormir alternando suelos fríos y literas en albergues. Sin apenas mobiliario, la habitación guardaba esa armonía que, raras veces, sentimos en el alma: esencia sentimental. Invisible. Idéntica sensación bien temprano, la mañana que saludábamos a esta ciudad eterna, convertida por las circunstancias en etapa final de la aventura más asombrosa e irrepetible de mi vida.
Y en pocas horas, el escenario propicio para un hasta la vista: andén y raíles de una estación... susurro intermitente y efímero.


Estampa adolescente

Estoy buscando algo que me han dicho
importante, inteligente,
pero no sé ir más allá: de los labios añorados,
de mil besos reclamados de tus manos desnudas...
Estoy buscando esa parte de mí
que siempre escapa, ¿o fue el descubrirlo?
Espejo de ilusiones, caricias sinceras de almas confusas.
Y en esta derrota, la distancia que separa
tu esperanza de la mía:
el sueño de ESTAR BUSCÁNDOTE.