Con el tiempo, la experiencia trasciende; sin quererlo, toma protagonismo y uno se convierte en mero intermediario entre los valores que ha aprehendido y aquellos hábitos, sanos, cotidianos cuando se pueden, que le recuerdan la metáfora que ahora es. Como decía el escritor: yo también quiero ser constructor de recuerdos futuros. Quiero sentir el eco de los pasos, la humilde recompensa de un aldeano que alimenta el espíritu peregrino; poder contemplar el mar allá en Fisterra, desde aquel rincón donde las olas susurran distinto... gozar libremente de la lluvia, del torrente de un arroyo gélido; descalzarse y reposar en una roca mientras los pies cobran ánimo para seguir. Y sin ser creyente de dogmas establecidos, uno guarda como un rosario anécdotas y anécdotas y más anécdotas: ampollas en cualquier parte imaginable de los pies, de todos los tamaños; horas inciertas de soledad con uno mismo; almuerzos y cenas aderezadas de trato humano y cálido; la ilusión de vivir sin ataduras de tiempo, plenos, contemplando las horas en la luz que marcan los días... a veces, en el reloj de una plaza y otras en el tañido que marcan unas campanadas que rompen la quietud de un pueblo. Y echando la vista atrás, hay detalles cotidianos, que suelen pasar desapercibidos por el desapego humano a lo natural, a la sencillez de las cosas: levantarse temprano con un propósito, ser testigo de otro amanecer, respirar la frescura de la mañana; reiniciar los pasos hacia la aventura... Pero también uno baja los pies al suelo y siente la llamada del Camino, porque necesita pretextos, justificaciones, retos; en ocasiones, apartar de la mente la envidia sana de otros que están viviendo la experiencia; alejarse de este mundanal ruido que nos impera y, mientras sea posible, vivir con este convencimiento.
martes, 17 de agosto de 2010
lunes, 16 de agosto de 2010
Ímpetu
Hay respuestas que provocan vértigo en cuanto se cierra un interrogante y rostros en los que necesitamos encontrar la luz que nos aclare la confusión. En ocasiones, quien menos lo merece se convierte en blanco de nuestras iras más espontáneas, del pretexto de unas emociones que bullen como el sudor por los poros... y en la conciencia, más tarde que temprano, uno cae en la cuenta de que no debió ser tan duro oralmente. Pero otras veces el ánimo se desvanece como cualquier tarde de domingo; unas veces nublada, otras soleada y con una invitación a pasar página a una semana nueva... Mientras, fingimos que no hay tregua y creemos estar convencidos del final, de un cambio. Porque, en el fondo, eso es a lo que menos está acostumbrado uno, quizás más por pereza que por cobardía. Y tal vez sea la carencia o la lección que uno nunca termina de aprender para seguir contando: nos puede más la pasión por estrechar con fuerza el tallo de una rosa que, simplemente, admirar su belleza y apreciar su aroma.
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