Estoy de vuelta, en esta ciudad casi irreconocible a la vista; ni puentes ni puertos ni estatuas ni muros. No encuentro aún el motivo, pero tampoco es un tópico decir que sus calles no tienen nombre... sólo es fruto de mi amnesia, cierta apatía que insinúan mis sentidos en días como hoy. Mis pasos están de rebajas deambulantes y las dudas me asaltan a punta de melancolía por cada esquina; labios que mendigan rostros, labios, semáforos en rojo: veda abierta a los recordatorios cotidianos, insustanciales, deriva de sensaciones y un pensamiento que golpea de repente en la conciencia (tal vez risueño, tal vez inquieto). Me dejo llevar entre el gentío a otra acera y, en forma nebulosa, me desvanezco y mi cuerpo aparece lentamente en un café a orillas del río Moldava; Slavia para más señas... parpadeo y mis ojos están clavados en la portada de una revista de viajes, tropiezos de quiosco urbanos. Otra mala pasada para mi nostalgia, que abraza esta pesadumbre instantánea como la espuma del café, posándose en la taza, a cada sorbo, en el borde de mis inquietudes y dilemas.
Sí, estoy aquí, en esta ciudad que hoy me hace especialmente sensible y extrañamente compasivo. ¿Acaso has aprendido ya a vivir sin las personas?, -me interroga mi olvido, furtivo, mientras paso por casualidad frente al cementerio-.