miércoles, 27 de octubre de 2010

Ciudades invisibles (IV)

Estoy de vuelta, en esta ciudad casi irreconocible a la vista; ni puentes ni puertos ni estatuas ni muros. No encuentro aún el motivo, pero tampoco es un tópico decir que sus calles no tienen nombre... sólo es fruto de mi amnesia, cierta apatía que insinúan mis sentidos en días como hoy. Mis pasos están de rebajas deambulantes y las dudas me asaltan a punta de melancolía por cada esquina; labios que mendigan rostros, labios, semáforos en rojo: veda abierta a los recordatorios cotidianos, insustanciales, deriva de sensaciones y un pensamiento que golpea de repente en la conciencia (tal vez risueño, tal vez inquieto). Me dejo llevar entre el gentío a otra acera y, en forma nebulosa, me desvanezco y mi cuerpo aparece lentamente en un café a orillas del río Moldava; Slavia para más señas... parpadeo y mis ojos están clavados en la portada de una revista de viajes, tropiezos de quiosco urbanos. Otra mala pasada para mi nostalgia, que abraza esta pesadumbre instantánea como la espuma del café, posándose en la taza, a cada sorbo, en el borde de mis inquietudes y dilemas.
Sí, estoy aquí, en esta ciudad que hoy me hace especialmente sensible y extrañamente compasivo. ¿Acaso has aprendido ya a vivir sin las personas?, -me interroga mi olvido, furtivo, mientras paso por casualidad frente al cementerio-.

martes, 26 de octubre de 2010

Deir Yassin


Deir Yasin, ¿qué será este nombre que da hoy título a mis palabras? Reconozco que he estado un rato navegando por Internet y me he quedado bastante impresionado; en primer lugar, por la efemérides y, en segundo lugar, por el trágico acontecimiento... Tal día como un nueve de abril de hace 62 años -concretamente, 25 años antes de que yo naciera-, tuvo lugar, durante la Guerra de la Independencia de Israel, una de las más conocidas masacres de civiles palestinos por parte de los milicianos sionistas del Irgún en la aldea palestina de Deir Yassin, a escasos cinco kilómetros de Jerusalén. 120 aldeanos, ancianos, mujeres, niños fueron asesinados; 48 horas funestas; un pueblo desprovisto de la dignidad más esencial y humanitaria: las autoridades israelíes impidieron el enterramiento de los cadáveres, el acceso de Cruz Roja a la zona y apresaron a 150 civiles que trasladaron a la zona judía de Jerusalén. Los palestinos expulsados de su territorio en 1948 lucharon hace ya varias décadas; hoy sus descendientes persisten en esa lucha a brazo partido, para romper con el estigma de ser considerados ciudadanos de segunda clase en su propio país, con las únicas armas de que disponen: evidencia y recuerdo. Frente a la amnesia obsesiva hebrea de evitar un examen de conciencia traumático. ¿Ojo por ojo?

Y mientras, en Occidente, pocos se preguntan quiénes son los palestinos, cuáles son sus raíces o su cultura...