Hoy las calles son una prueba de confianza que abordan uno a uno mis pensamientos. Me impacientan los tumultos que marcan el ritmo de mis pasos, la sonrisa de un sin techo resbalando por las pupilas y el clamor insaciable de otra temporada de vísperas, gélidas, superficiales. Porque el tiempo no reclama su tributo a arrabales sin nombre, chabolas de planta baja sin duplicar, artefacto urbano y evidente. Hoy también me dejo caminar un sábado tranquilo por el centro de la ciudad; atravieso esa atmósfera cosmopolita con la que pretenden maquillar... ¿una esencia, un sentimiento? Y una mirada ajena, foránea, tropieza en mi rostro y me sobresalta, me desarma de idiosincrasia y me transforma en un extranjero más. De improviso un rostro me saluda, desde su última sonrisa diez años atrás, me interroga sonriente, parabienes y alegría instantánea; al despedirnos, mi memoria se distrae apoyada en la barra de un bar, contemplando cómo se consume la espuma de mi cerveza. La ciudad parpadea melancolía y anhelo de bienestar.