lunes, 13 de diciembre de 2010

Lost Innocence

Cierto recuerdo me sobresalta: caminaba con los besos atragantados en el sueño de los escaparates de la ciudad; manos de abuelas estrechando las de sus nietos en paseos visperales y fríos de invierno, desbrozando a cada paso las promesas que el consumismo otorga en estas fechas (malditamente señaladas en estos tiempos; ¿quién dijo crisis?). Las avenidas eran arterias apasionadas, hinchadas de ilusiones, risa y glóbulos de alegría de niños jugando sana-mente (porque antes los juegos, aunque acabaran en lágrimas, eran cien por cien más saludables que en la actualidad, en este mal llamado siglo XXI). Y no había motivos para derrumbar la esperanza infantil, tal vez por el envoltorio frágil de la inocencia, -tal vez porque ahora la experiencia es más electrónica, tecnológica, informática, telemática...- y el tamaño del desencanto maleduca la pureza del intelecto más pueril, la picardía ha elevado su categoría. Hoy jugar se ha convertido en un reto; para los adultos, porque se sienten indefensos, desarmados de memoria de la diversión, olvidaron, ¡Dios sabe cuándo!, el quid de la cuestión y no comparten el mismo idioma ocioso; para los niños, porque ya no interactúan con artilugios ni juegos que los enriquezcan en valores, sino todo lo contrario: disfrazado en porvenires idílicos e instantáneos, pervertidos de violencia y agresividad gratuitas (y es que muchos han aprendido la lección de las cosas sin saberlas del todo suficientes). ¿Será que hoy he recordado que también fui niño?