Me viene a consolar pidiendo tregua, silenciosa. Resuena en la conciencia queriendo ser recordatorio, efemérides anecdótica de otra memoria (existencial); mientras, camino ocioso, accidental, las calles hoy deambulan a mi paso sin saber si me reconozco aún en ellas: porque todo va mutando también, como cualquier escaparate donde se reflejan tumultos de todos los colores y condiciones. Miradas instantáneas, efímeras, seducidas, ilusas.
La percepción me parpadea y voy contemplando con cierta nostalgia, como si me trasladara inconsciente a otras citas de antaño, risueño y juvenil. Y las esquinas me guiñan un ojo cada vez que las recorro de ida o vuelta, como dándome ánimos para seguir observando sin el menor resquicio de duda... mala sorte, paraíso de circunstancias en permanente extinción. Y las paradas de autobús hace tiempo que no son lo que eran, se me antojan fósiles soleadas, sin encanto ni ceremonial.
La tarde adormece mis inquietudes más caprichosas de este laberinto de pesadumbres que respiro.