Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos.
Quedé a mediodía con la ciudad; sol de justicia que hacía olvidar por unos días el frío invierno. En la avenida de la catedral, unos manifestantes con banderas republicanas y pancartas contra el gobierno recordaban al personal que la crisis no tiene visos de acabar a medio plazo. Yo, en cuanto vi el pequeño tumulto a punto de ponerse en marcha, decidí sortearlo por una calle próxima y me encontré con un viejo restaurante familiar al que sólo le queda el azulejo en la fachada. Me hizo pensar en lo que fue y en lo que queda ahora. Me alejé entonces hacia una plaza; fui dejando calles atrás y desembarqué en la Alameda. Una explosión de luz y fuentes me encendió el ánimo de asombro y, de nuevo, me hizo pensar en lo que fue y en lo que es ahora.