lunes, 21 de abril de 2014

Hola.


Una vez conocí un perro que no tenía nombre. Su aspecto no era del todo el de un animal convencional. Poco a poco comprendí ante lo que estaba el animal. Una vez, un animal que no tenía nombre lo reconocí. Lentamente me fui acercando a él, le ladré un par de veces, me senté a la sombra de un magnífico árbol. (Yo, la verdad, estoy poco familiarizado con la naturaleza; era un árbol estupendo del que, absurdamente, mi pensamiento se aventuró a darle nombre y apellido. Tenía frondosas ramas, bien abrigadas y anchas hasta la copa. Era enorme. Me recosté cómodamente sobre el tronco y estuve unos minutos contemplando.) Pronto sentí hambre. Por casualidad llevaba algo de comida. Hacía un sol espléndido que apenas invitaba a abrir demasiado los ojos. Bajo aquella sombra, el animal se fue acercando tímidamente a mí. Recuerdo que era pequeño, de pelo largo, oscuro, alborotado. ¡Qué vida de perro…! Tenía muestras de haber sido maltratado; sin embargo, poco a poco se fue aproximando. Sí. Allí delante, el pobre babeaba con gracia. Su hocico era pequeño, alargado, húmedo y de color claro, haciendo juego con su lomo y patas. Se me ocurrió compartir un bocado con él. Le lancé a unos metros un trozo de pan. Alegre y casi con una sonrisa, trotaba en busca de tan preciado manjar. Era curioso ver a aquel perro. Como decía, trotó hasta el bocado, lo trajo frente a mí y se quedó unos minutos mirándome. Parecía como si quisiera decirme algo. Yo me reía porque era una situación extraña. Por suerte, me acerqué a él, cogí el trozo y se lo di a oler. De nuevo me miraba con esos ojos oscuros, brillantes y profundos. Me sorprendió bastante su mirada: era de misericordia, llena de dolor. Era increíble cómo no dejaba de mirarme. Yo, ingenuo, lo miré entonces. De pronto sentí como si aquel maravilloso animal me comunicara algo. Lo desconozco y sé bien por qué. Entonces acercó su hocico hasta mi mano y comenzó a lamerla. Luego fue mordiendo muy despacio el pan, mientras yo le hablaba con ternura y le acariciaba tímidamente detrás de las orejas. Después del último bocado se marchó. ¡Adiós, amigo!

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